lunes, 11 de abril de 2016

SON LAS FOTOGRAFIAS DE MIS VIAJES. Bukhara. Uzbekistán.

A lo largo de mis viajes he podido comprobar que, a pesar de la distancia física que nos separa, los humanos nos parecemos mucho más de lo que pensamos. Cuesta poco imaginar algunos aspectos, podríamos denominarlos universales, que nos ponen a todos frente a los mismos sentimientos: el amor por los hijos, el respeto a aquéllo que consideramos superior, la conmoción por el Arte sea cual sea su expresión, la curiosidad por lo desconocido, la fascinación por los fenómenos naturales y por la Naturaleza en sí misma...
Pero si en lo supremo nos parecemos tanto, en lo mundano sí que somos muy diferentes. La forma de vestir, la alimentación, la vivienda, las costumbres, el folklore, nuestro comportamiento personal y social, el concepto de higiene... son algunos de los aspectos en los que presentamos más diversidad.
Pero a pesar de las diferencias en las viviendas en las que desarrollamos nuestra vida cotidiana, hay algo que me ha llamado poderosamente la atención. A lo largo y ancho de todo el mundo he podido constatar que todas las culturas utilizan alfombras, algunas simples esteras de materiales naturales, otras, principalmente las orientales, verdaderas obras de arte.
Desde Turquía hasta China, desde Escandinavia hasta Ciudad del Cabo, de Canadá hasta los Andes, de Japón a Nueva Zelanda, todos los pueblos cubren los suelos de sus hogares con alfombras. De pieles de animales (caribús, vacas, ovejas, renos, alces, cebras, leones, antílopes…), de lana (de oveja, cabra o camélidos), de fibras naturales (esparto, coco, bambú, yute, sisal…), algunos con fines decorativos exclusivamente, otros por necesidad, el frío, la arena y la humedad son enemigos que hay que combatir.
Es muy difícil encontrar un tour organizado que no acabe en algún taller de alfombras o de seda cuando viajas a países con tradición. Creo que hemos visitado más de veinte, pero curiosamente en todos hemos aprendido alguna cosa que en los anteriores no nos habían referido. El último en Armenia, en el que nos enseñaron un peine muy especial con el que, después de lavar con agua y jabón la alfombra de lana, le devuelven una suavidad difícil de explicar con palabras.
La fotografía no corresponde a esta visita sino a otra que realizamos en Uzbekistán. Allí aprendimos cómo distintas sustancias naturales (plantas, flores, minerales….) sirven de tintes para la lana. Son tan permanentes que no destiñen nunca y conservan los mismos colores de generación en generación.

sábado, 9 de abril de 2016

SON LAS FOTOGRAFIAS DE MIS VIAJES. Sukhotai. Thailandia.

Ya os comenté en otro post que es imposible hacer un viaje a Thailandia y no visitar sus templos budistas. Hay tal riqueza patrimonial que no la puedes ni siquiera imaginar cuando planificas el viaje. 
Como apasionada del arte, elegí cuidadosamente las visitas a realizar, teniendo en cuenta mis preferencias hacia el arte antiguo y medieval. 
Resulta cuanto menos paradójico que en nuestras escuelas, institutos e incluso en las universidades se ofrezca tanta información sobre el Arte Occidental a lo largo de todas las épocas de la Historia y tan poca de otras culturas que llegaron a desarrollar civilizaciones avanzadas, capaces de crear maravillas en arquitectura, obra civil, pintura, escultura o cerámica, a excepción quizás del Arte Egipcio o Mesopotámico. Debe ser por que todas las civilizaciones se creen el centro del Universo y consideran a las demás inferiores a ellas. Es lo que en Antropología se denomina etnocentrismo. Un mal que pervive en nuestros días y que creo que se mantendrá hasta que el hombre sea hombre.
Retomo mi pensamiento inicial: Conocer templos antiguos e históricos de Thailandia, por encima quizás del interés que me suscitan los templos más modernos, repletos de pan de oro. Para ello resultaba imprescindible programar una visita al Parque Histórico de Si Satchanalai, de nombre casi impronunciable como casi todos los templos tailandeses, situado en la ciudad de Sukhothai, famosa por ser la primera capital del Reino de Thailandia en el siglo XII, en la que se desarrolló una cerámica muy apreciada. La ciudad histórica fue declarada Patrimonio Universal de la Humanidad por la UNESCO en el año 1991.
Provista de un buen paraguas (nunca viajo sin él, no tanto por la lluvia, sino para protegerme del calor y de sol: ¿Por qué será que los guias turísticos realizan las visitas a horas tan inapropiadas? Inmediatamente después de comer, a las tres de la tarde con un calor que no se puede aguantar, cuando todos los lugareños están en la siesta y te miran de reojo como preguntándose ¿qué hacen estos locos a estas horas?) visitamos el lugar arqueológico y os puedo asegurar que valió la pena. Es un yacimiento inmenso, plagado de templos a cual más interesante. Desde los típicos templos de arquitectura thai hasta los propios del estilo jemer. 
Entre ellos mis favoritos fueron el Wat Chang Lom con su magnífica terraza sostenida por varias decenas de elefantes de piedra de tamaño natural y el Wat Phra Sri Rattana Mahathat de estilo jemer con su cúpula en forma de mazorca de maíz, en cuyo frente se erige una estatua inmensa de buda vestido con su túnica azafrán. Un lugar de ensueño.

martes, 5 de abril de 2016

SON LAS FOTOGRAFIAS DE MIS VIAJES. Oslo. Noruega

De todos es sabido que el Premio Nobel se otorga cada año a personalidades que se distinguen en distintos ámbitos de las Letras, las Ciencias o el Arte. 
Todos se entregan en Estocolmo, excepto uno, el de la Paz, que lo hace en Oslo, justo en la Sala de Actos de su Ayuntamiento.
El edificio, moderno y sin mucho interés, cuenta con una colección de pinturas murales de dudoso gusto, que muestran la iconografía típica de los países nórdicos: mitología, fauna y flora, paisajes naturales y personajes históricos.
En diversas salas y galerías del edificio se exponen en vitrinas los objetos más emblemáticos de la breve historia contemporánea del país: las medallas de los Juegos Olímpicos de invierno, los tratados de constitución, la vajilla y cubertería Reales y objetos de los pobladores indígenas, entre otros.
Cada 10 de diciembre, fecha del fallecimiento de Alfred Nobel, se celebra la ceremonia con la presencia de la familia Real de Noruega y el Primer Ministro. El premiado recibe un diploma y una medalla conmemorativa.
La sala en la cual se entrega el premio es la que os muestro en la fotografía. Desnuda de cualquier adorno, no parece un lugar muy especial para un premio tan importante, pero hay que tener en cuenta que en el día de la ceremonia se engalana con maravillosos ramos de flores, estandartes y un podio para el premiado que resaltan su arquitectura.
Espero que la próxima vez que emitan por televisión la ceremonia recordéis esta foto y podáis comparar.

sábado, 2 de abril de 2016

SON LAS FOTOGRAFÍAS DE MIS VIAJES. Helsinki. Finlandia

Desde que llegamos a Finlandia, en barco desde Estocolmo, hasta el día que nos fuimos no vimos ni un rayo de sol. La lluvia nos acompañó durante todos los días sin tregua, a pesar de que la época del año no era la más indicada para tanta lluvia. 
Creo que visitar Escandinavia fue el viaje más mojado de todos los que hemos realizado. Ni en los países tropicales hemos tenido tanta lluvia seguida, aunque las tormentas de cada tarde en Bangkok o en Angkor, por citar algunos lugares, fueron épicas. Y es que cuando cae la lluvia en esas latitudes, no llueve, diluvia. Es como si cayeran cubos de agua, chorros que en un momento te calan hasta los huesos, pero como hace calor, ni te importa.
Pero Helsinki se llevó la palma. Creo que no tengo más que dos o tres fotografías en las que la lluvia era leve y permitía disparar la cámara, o alguna de interiores de los lugares en los que nos cobijábamos del chaparrón. 
Una lástima, porque esta lluvia mediatizó totalmente  la percepción que los llevamos de ese país tan hermoso, poblado por gentes muy poco comunicativas, con aspecto de vikingos y hablando un idioma ininteligible, uno de los más complicados acústicamente que he escuchado en mi vida.
La fotografía corresponde a la Catedral de Helsinki, de culto luterano, aunque hay otra cercana ortodoxa. Esta catedral fue construida por orden del Zar de Rusia, Nicolás, antes de que Finlandia alcanzara la independencia en 1917. Curiosamente no la pudimos visitar por dentro por encontrarse cerrada cuando no hay culto, así que tuvimos que conformarnos con verla por fuera.

viernes, 25 de marzo de 2016

SON LAS FOTOGRAFÍAS DE MIS VIAJES. Chiang Mai. Thailandia.

Resulta prácticamente imposible viajar a Thailandia y no visitar sus templos. Los encuentras por doquier, tanto en las propias ciudades como alejados de ellas, a modo de monasterios. Son lugares en los que los thailandeses te acogen sin ningún tipo de reparo, ya que para ellos la visita de un extranjero no supone ningún problema.
Se trata de lugares acogedores, silenciosos, en ocasiones, y en otras sumamente bulliciosos, en los que los monjes budistas, con sus túnicas color azafrán, recitan sus mantras de forma constante y reciben los obsequios de los feligreses de los cuales viven y se alimentan. 
Ser monje no es una condición vitalicia, al menos para la mayoría de los hombres tailandeses que, por lo menos, una vez durante su vida, toman los hábitos y comparten con las comunidades la vida monástica durante tres meses. Esta circunstancia, que apoya toda la familia, es uno de los principales motivos de orgullo para un tailandés.
Una de las fiestas más celebradas es la Pascua Budista. Tuvimos la suerte de poder celebrarla en un monasterio cerca de Chiang Mai y fue una de las experiencias más divertidas de nuestros viajes. En el monasterio, a primera hora de la mañana, colas de feligreses llevaban sus ofrendas para el templo y para manutención de la comunidad de monjes. Por ser un día muy especial de fiesta, muchas señoras cargaban unos cuencos de plata profusamente labrados, forrados de tela de terciopelo, llenos de comida y algún que otro paquete de tabaco. Arroz cocido en unos recipientes de bambú con tapa, una especie de paquetitos de hojas de bambú rellenos de carne, pollo en salsa, dulces, caramelos y algún pastelillo de arroz eran algunas de las ofrendas al templo. 
Ya sabéis cuánto me gusta integrarme en el país y participar de sus tradiciones. Enseguida entablé comunicación con las señoras tailandesas y me cedieron uno de los boles de plata para que pudiera realizar mi ofrenda en el templo con ellas. Ya os podéis imaginar, todo entre risas, curiosidad mútua y sin posibilidad de comunicación verbal, ya que ninguna de ellas hablaba otro idioma que el suyo propio, totalmente desconocido para mí.
Después de la ofrenda, que se depositaba en unas mesas situadas contra las paredes del templo, nos sentamos en el suelo, en alfombras, mientras los monjes rezaban sus oraciones en la parte frontal. Formamos tal algarabía, con nuestra risas y conversaciones, que uno de los monjes tuvo que venir a llamarnos la atención, pero no de una forma agresiva, todo lo contrario, con una sonrisa en la boca, con esa sonrisa que es el símbolo de Thailandia.
Después de la celebración tuve la fortuna de poder participar en el reparto de comida a la comunidad budista. Cada monje con su cuenco pasaba por las mesas de ofrendas y les servíamos su almuerzo en un humilde cuenco y una taza metálicos. Su sonrisa de gratitud era un bálsamo para el espíritu. Una experiencia mística.

jueves, 10 de marzo de 2016

SON LAS FOTOGRAFIAS DE MIS VIAJES. Praga. República Checa

Nunca antes de nuestro viaje a Praga y Budapest había salido con mi marido al extranjero. Fue nuestro bautizo de viajes por Europa y por el mundo. Aquel primer viaje era, en realidad, una prueba de fuego puesto que no haber hecho antes ninguna otra salida de este tipo, nos enfrentaba a la posibilidad de acabar por no viajar nunca más o porque nos entrase el gusanillo y no parásemos en la vida. Y así ha sido. No hemos parado ni tenemos previsto parar.
Elegimos Praga por referencias de amigos y familiares que ya la habían visitado y, verdaderamente, no nos decepcionó. Creo que es una ciudad con mucho encanto. La Ciudad Vieja, el Castillo y el famoso Callejón del Oro con sus preciosas y minúsculas casitas, entre la que se encuentra la de Kafka, ahora convertidas en comercios de artesanía y galerías de arte; el Puente de Carlos, la Torre de la Pólvora, el barrio judío, con su sinagoga y su famoso cementerio, el reloj astronómico en la plaza Wenceslao, todo se configura como un maravilloso mosaico que se ofrece al visitante para satisfacer cualquier gusto.
Personalmente hubo dos elementos que me conquistaron: el primero, el ambiente en la calle, los músicos tocando en cada esquina, los niños disfrutando de la música y los mayores bailando a su son. El segundo, las marionetas. Adoro los seres inanimados que, por arte de magia, cobran vida y pueden comunicar sentimientos y me parecen extraordinarias las personas que mediante hilos y una percha son capaces de hacer vivir a un muñeco. 
Los que habéis visitado Praga sabéis de qué os hablo. Tiendas y más tiendas del techo de las cuales cuelgan los más variopintos personajes, algunos famosos, otros de la vida cotidiana, para deleite de pequeños y mayores. Ni que decir tiene que esta tradición artesana tiene su manifestación artística en el Teatro Negro y de Marionetas que ofrece funciones cada día.
Como amante de la música que soy, ya os podéis imaginar que no pude resistir la tentación de llevarme a Mozart a casa.

lunes, 7 de marzo de 2016

SON LAS FOTOGRAFIAS DE MIS VIAJES. El Cairo. Egipto

Uno de mis primeros viajes al extranjero fue a Egipto y me alegro de haberlo podido realizar entonces, puesto que la situación ahora es tan conflictiva que no tendría la misma sensación de seguridad, a pesar de algún episodio un poco “aventurero” que tuvimos dirigiéndonos al Templo de Déndera y que os contaré en otro post.
En mis clases en la Facultad diversos profesores me habían inoculado, despacito y de forma inconsciente, el veneno de visitar ese país. Sus explicaciones sobre las construcciones más colosales como las pirámides, obeliscos, templos, esfinges, speos o sobre las menos, mastabas y viviendas cotidianas, me tenían tan absorta que no podía imaginar que algún día llegaría a verlas con mis propios ojos.
Cuesta mucho imaginar en clase (aunque tengas material audiovisual a tu alcance, por supuesto no el mismo del que disponen los jóvenes de hoy) cómo es en realidad una pirámide, su tamaño, sus bloques, el entorno en el que se ha construido. Quería verlas, tocarlas, sentir ese halo de magia que desprenden en los libros y en los documentales.
Llegamos a El Cairo una tarde cuando el sol todavía estaba alto, pero invertimos más de tres horas en realizar el trayecto de apenas 30 kilómetros entre el aeropuerto y el hotel. El Cairo era, entonces, una de las ciudades más caóticas del mundo en lo que al tráfico se refiere. Vi situaciones insólitas en cualquier otro lugar del mundo que espero contaros en el futuro. 
Una de mis condiciones al organizar el viaje fue que el hotel de alojamiento estuviera cercano a la Necrópolis de Gizá. Me moría por vivir ese momento mágico en el que el sol aleja las tinieblas y sus primeros rayos impactan en las tres grandes pirámides para hacerlas emerger entre la oscuridad. Un capricho, vamos.
Llegar al hotel, ya caída la noche, me dejó un poco decepcionada porque quería ver las pirámides a toda costa. Salimos al jardín cuando nos dirigíamos al restaurante para ir a cenar y pregunté, a la primera persona del servicio del hotel con la que me crucé, en qué dirección se encontraba la Gran Pirámide. Un mozo muy amable se quedó mirándome con cara perpleja como si le estuviera haciendo una pregunta carente de sentido. Con sus ojos grandes y negros se dio la vuelta, señaló y me dijo: “¡Aquí, Madame!”. Todo estaba negro no se veía absolutamente nada. Intentaba agudizar mi vista para alcanzar el horizonte y ver, de la forma que fuera, la pirámide a lo lejos. 
El chico me miraba como si no entendiera lo que estaba pasando. Le dije: “No veo nada”. Me cogió la barbilla con sumo cuidado, me levantó la vista hacia el cielo y… la gran mole de piedra estaba ahí, frente a mí, tan cerca que parecía que se me echaba encima. Se dibujaba en la penumbra gracias a que la piedra tomaba un tono grisáceo más claro que el negro cielo plagado de estrellas que le servía de fondo. Fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida y un recuerdo que me acompañará siempre.